SABINO
FITZGERALD, EL REY MESTIZO
Óscar
Benassini
“Parménides, en cambio, se usó a sí mismo
como combustible y se acicharró.”
Elena Poniatowska “¡Ay vida, no me
mereces!”
Tlalpan, Ciudad de México, enero de 1981.
Primero los gritos luego los golpes,
primero los golpes luego los gritos, dependiendo de si despertaba yo en unos o
en los otros. De más lejos venía la voz en asalto a mi sopor, de algún sitio
fuera del cuarto; habrá sido el sonido de los puñetazos sobre la puerta el que
me despertaba al fin:
¡Médico de guardia, médico de guardia!,
paciente en urgencias. - Las desveladas y lo complicado que puede ser entender
a un empleado administrativo de manicomio, me habían acostumbrado a asociar los
gritos con la identidad de quien trabajaba escandalizando cada vez que llegaba
un enfermo a esas horas. ¿Mera expresión de miedo como el que a cualquiera
provoca lo locura a pesar de los años ahí? “¡Pinche chamba la de ese cabrón, me
cai!”, no podía dejar de pensar esa parte de mí que para entonces todavía no se
había psiquiatrizado.
Salía yo despacito de quien sabe donde,
de la lejanía en todos sentidos del sueño profundo, reconociendo el llamado al
que me iba haciendo desde casi un año antes, porque para entonces ya era yo de
ahí. Lo demás a esas alturas eran reflejos: buscar los pantalones, la camisa,
el suéter, la bata y los zapatos, medio acicalarme en el espejo porque la
temperatura del agua no daba para más, el elevador con su mecanismo avejentado
que rechinaba por todas partes y el clavado de ocho pisos en pos de un loco cualquiera,
en una de tantas noches de médico residente.
En el área de urgencias se iban medio
activando los que tenían que despertar. El reloj me señalaba las tres treinta y
cinco, evidentes por el frío carajo como pocos, del invierno sureño y defeño
aquel. Catalina, con el cabello largo y lacio acomodado en las dos colitas a
los lados de la cabeza, de blanco toda en sus juventudes, me esperaba ya por
fuera del consultorio.
-¿Cómo viene -preguntaba yo, lo que me
tocaba saber antes de entrar.
-Más o menos, tranquilo, parece -era el
reporte inicial que le tocaba a la Caty. -Viene sangrando bastante -dato
adicional e inusual para las guardias de manicomio.
-¿De donde?
-Mejor pásele.
Habrá sido de dos por tres metros el
cubículo de muros, marcos de aluminio y puertas, improvisado con tabla roca y
cubierto de formica que con poca fortuna simulaba madera. Estaba sentado en
alto sobre la mesa de exploración, para entonces más que flaco, con los pies
colgando y una toalla que le cubría completamente la cabeza y la cara. Usaba un
traje oscuro que habría conocido muchos momentos mejores en otros tantos años,
lustroso como se veía con la luz blanca de la lámpara de neón; una camisa
blanca y zapatos negros gastadísimos le correspondían al traje. La sangre
manchaba traje, camisa, calzado, las manos y la toalla que parecía mantenerlo
aparte de lo que le estaba pasando. Ocupé el sillón tras el escritorio y lo
observé un poco. Apenas se movía, sobre todo los pies en un balanceo rítmico,
pacífico, las manos y la cabeza quietas. De repente se secó lo que le quedaba
de sangre en la nariz y la boca, jaló la toalla hasta descubrirse y me miró con
la que me pareció absoluta imparcialidad en su rostro manchado de rojo. Cabello
rizado, alborotado, despeinado para enmarcar un solo gesto burlón con la boca
abierta para mostrar el orificio que había dejado el incisivo superior
izquierdo al perderse; las facciones no eran feas, aniñadas para su aspecto
general: chato, cachetón de labios más bien gruesos, todo lo que exhibía dejaba
ver completo descuido, más que evidente el olor a alcohol que saturaba el
cuartito desde el primer momento.
-¿Qué pasó, doctor?, buenas noches.
Rítmicos, como ensayados sus parlamentos,
sonaba gangoso, seguro la sangre pegosteada en la nariz, manando todavía un
poquito, mientras parecía despertar de algo sin que hubiera estado dormido,
haciéndome notar esa posibilidad de conectarse y desconectarse cada vez que su
situación se lo hiciera pertinente; siempre dos mundos su personal dualidad
dimensional, de pronto estaba, de pronto no, en una actitud que cualquier
incauto hubiera considerado indiferencia y nada más.
-Buenas noches, ¿y se llama usted?
-Escuché la risa, risita que restiraba lo
que le quedaba de cachetes, la primera de tantas veces.
-Ahorita no tengo nombre.
-¿Cómo?
-Porque en este tipo de pinches lugares
es mejor no te llames de ninguna manera.
-¿Quién le pegó?, ¿con qué se golpeó? -le
preguntaba con mi ademán y mis gestos ya para entonces muy de médico, que
parecían dirigidos a resaltar su aspecto sanguinolento.
Otra vez se burlaban él y la risa un poco
más larga que la primera vez, con los ojos puestos en sus zapatos, como si algo
fascinante les hubiera hallado de repente. Levantó la cabeza despacio y con
algo parecido a la paciencia me miró para hacerme ver:
-Ya se me hizo mierda la nariz por la
madre esa que me meto, la coca. Cuando empieza a sangrar ya se chingó el
asunto. Vengo del Gea -señalaba girando la cabeza hacia donde debiera hallarse
el Hospital Gea González-, pero de ahí me batearon para acá. Por eso aquí no
tiene uno nombre, menos si te batean -. Nuevo gesto que apuntaba sin usar los
dedos o las manos hacia el expediente sobre el escritorio.
Hasta entonces me detuve en el nombre
para leerlo tres o cuatro veces. El “me suena” de esos años no se parece al de
estos, y en esos entonces suele preceder al recuerdo inmediato, chavo uno
todavía: dos revistas, Pop y Piedra Rodante, las que los aborrecentes de
entonces pretendíamos que no leíamos por nacas, pero que nadie se perdía. El
nombre, para saber si el paciente, venía de ahí: del columnista non. Absurdos y
todo la situación, el consultorio, la hora, el hospital y su aspecto, tuve que
admitir que me daba un gusto tonto. No lo contuve:
-¡Tú eres el columnista!
-¿Cuál columnista? - no tenía caso la
pregunta forzada, defensiva pero que por lo menos sonaba a falsa modestia
enredada con anonimato en evidencia.
-Tú eres el columnista, claro, y además
eres el de los cuentos, todavía me acuerdo.
-¿Y soy el de la novela? - con algo tenía
que contrarrestar lo que yo supiera de “La Onda”.
Esa si no me tocó -. Así se tratara de un
loquito de sanatorio, con los libros nunca he conseguido pretender.
Mientras oscilaba la cabeza hacia los
lados desaprobando que nomás hubiera hablado y a fin de cuentas no supiera yo,
comenzó a limpiarse los restos de sangre de la cara con algo más de cuidado.
Salí a buscar a Catalina para pedirle agua, jabón y gasas. La enfermera le fue
aseando el rostro, el cuello y las manos, y ni siquiera cuando estaba limpio
dejó el sitio que ocupaba sentado, como si se supiera protegido ahí en tanto
iba diciéndome, explicándome lo que yo tenía que hacer:
-No tengo donde dormir.
-¿Por qué?
-Porque ya se me acabaron los cuates, por
lo menos los que me reciben en su casa. Ya se me acabó la droga, ya no tengo
trago y el cuarto de azotea donde dizque vivo -¡perdón!, mi depa de Polanco,
para la fresez de los columnistas de sociales y cultura - queda lejísimos de
aquí -sonrisa muy pesada con el ademán apuntando a ninguna parte-. Además la
malilla ya me la sé, con decirte que cuando estoy como ahorita, ¡grave grave!;
me da por pensar que mejor me quedo unos días, ¡hasta en un pinche cuchitril de
estos, maestro!
Casi las cuatro de la mañana, el aire
helado del sur de la ciudad y yo alegando con quien quería pasar la noche en un
manicomio, contaminado ya, como suele ocurrir, por la institucionalidad que te
hace ir tratando de que eso no suceda si no procede de acuerdo con el esquema
protocolario de un hospital institucional. Ante la posibilidad de regresar
pronto a dormir no había mucho que pensar: lo internaba en la sala (¡semejante
eufemismo me sonaba a clásico manicomial de repente!) por la que hacía mi rotación,
que me lo anotaran en mi lista de pacientes, que estuviéramos seguros de que
había dejado de sangrar del todo, y que se fuera en un par de días, una semana
a lo más, así, por la vía rápida y sin exponerme con nadie. Eso pensé.
-Te quedas unos días - corroboraba
mientras jalaba la máquina de escribir y el expediente con su nombre. Pero la
cosa no iba a fluir sin un par de necedades más:
-Quiero entrar como si fuera paciente de
primera vez; no quiero entrar con mi nombre y ese expediente.
-¿Y qué más da?
-Que no quiero; esta vez quiero ser otro
cabrón, mutar, transformarme, transfigurarme si tu quieres, doctor, nacer
pinche personaje nuevo, camaleonizarme para que me entiendas. Si quieres ponle
que es uno de mis síntomas pero no me quiero quedar con mi nombre.
-Si entras con nombre nuevo van a tener
que hacerte nuevo expediente y yo voy a tener que llenar toda la historia
clínica. Si uso tu expediente viejo, hago una nota de ingreso y ya.
-Pero no me quiero quedar así; si es así,
no me quedo.
-¿Y te vas al cuarto de azotea?
-Me voy a la chingada.
Alternativa universal para todo y para
nada. Como justo tributo a las columnas de mi distante adolescencia y al libro
de cuentos que sí había leído accedí: original, dos copias, el pliego
amarillísimo listo para copiar los datos del expediente previo variando sólo el
nombre. Con eso nadie se daba cuenta porque en esencia, más allá de las formas
esas cosas no le importaban a nadie.
-¿Y cómo te vas a llamar?
Eso si que está cabrón - lo disfrutaba,
quizá por tratarse de un nombre para un hospital de locos y nada más, o porque
así su situación se le volvía ficción, una especie de anhelo de personajearse.
Pensó sin mirarme un par de minutos, para después sonar festivo pero
protocolario:
-Ya estuvo, tengo nombre, me llamo
Sabino.
-¿Sabino?
-Sabino.
-¿Por?
-Por María Sabina, la de Oaxaca, ¡a
huevo!, soy su tocayo. Así lo voy a vivir: entro como si me metiera a viajar,
hasta si tu quieres como si hiciera un viaje a mi interior tratando de ver todo
mi pedo, sujeto de narcoanálisis como predicaron Wasson y la tal María. Sabino.
-¿Y te apellidas?
-Uta, eso está más cabrón.
En silencio una vez más, meditando con
mucho cuidado al fin soltó:
-Fitzgerald.
-¿Cómo?
-Fitzgerald. Me voy a apellidar así. Mi
nombre completo es Sabino Fitzgerald, ¡poca madre!
-¿Por qué Fitzgerald?
-¡Cómo por qué Fitzgerald!, por Francis
Scott, mi cuate el Fitz, el maestro de todos, ¿te suena Tender is the Night?,
el gurú de los que escriben como yo y que se gastan su vida bebiendo alcohol;
con otra, ¿eh?, que al maese Fitz se le volvió loca su esposa, quien para más
datos se murió cuando se quemó el manicomio donde la tenían guardada. ¡Aventura
parecida esta de casa de orates! ¿Y en el colmo del pinche alucine no se irá a
quemar también esta madre? - desplazaba la mirada juguetona a ambos lados con expresión
de franca duda supersticiosa -. Listo, ya está, además no mames, aquí hay puros
locos, qué más da uno que se llame Sabino Fitzgerald.
Cerca de las cinco de la mañana, mudo
reconocimiento a mi invulnerable entrenamiento para asimilar lineamientos de
institución, ingresó al hospital un paciente de primera vez, expediente nuevo,
de nombre Sabino Fitzgerald Rodríguez, quien de acuerdo con el documento
cursaba con intoxicación por cocaína, epistáxis consecutiva al uso de la
sustancia, y probable episodio psicótico agudo. Para cuando terminaba de
teclear el último de mis taxonómicos lugares comunes, como si fuera el código
de acceso al internamiento, Fitzgerald inquieto, ya recorría el consultorio con
absoluta confianza. Se le escuchó molesto cuando leía sus diagnósticos por
encima de mi hombro, alcoholizándome casi nada más con el tufo:
-¿Y eso de episodio psicótico? ¿Agudo qué
es? ¿Así cómo picudo?, “udo”, ya sabes.
-Protocolo. Si no pongo eso o cualquier
otra cosa que diga que puedes estar loco, nomás no entras.
Sabino Fitzgerald pronunció entonces una
frase que en esos años todavía no comprendían la mayor parte de los médicos del
hospital, y que hubiera hecho sentido a cualquier estudioso de la
psicopatología, taxonomía de tres pesos pero imprescindible:
-Lo mío no es locura, doctor, es loquera.
???
Densos los días que siguieron. La sala
debe haber estado como siempre, porque así son las cosas en los ámbitos esos
que uno hace suyos por quién sabe qué secretas motivaciones: nada cambia,
deambulares, amaneramientos, comportamientos absurdos muy parecidos unos a
otros, a los que para mi tiempo en el hospital me había habituado ya. Sin
embargo llegaba tenso por la posibilidad de tener un paciente sobresaliente -
“interesante”, escritor, podrían haber sido los distintivos de un seminario de
casos -, y así me mantenía cuando iba pasando mi visita. ¿Reportes de don
Sabino?: recostado todo el día, generalmente en la misma posición, no bajaba al
comedor, no hablaba y los demás pacientes lo dejaban después de tratar de
perturbarlo un poco. A veces se cubría la cabeza con la almohada durante horas.
Imposible saber si por la noche dormía, en vista de que no daba guerra. Yo le
daba un par de vueltas todos los días para escuchar sus “bien”, “tranquilo”,
“dormido”, indiferentes todos mientras volteaba hacia al lado contrario del que
empleara yo para abordarlo, aprendiendo que la coca da para arriba y su lineal
malilla peculiar es para abajo, a veces mucho como le pasaba a Fitzgerald. Yo
podía asegurar que él mismo decidía su disonancia, disarmónico en aquel
dormitorio de pacientes mentales para que quedara establecida su diferencia con
ellos, su necesidad jodida de dormir ahí el desamparo de unas semanas, única y
exclusivamente bajo la premisa de la no pertenencia. -¿De donde chingados eres
entonces, escritor? -me sorprendía rumiando para mí con mis expedientes a
cuestas.
El fin de semana no hacía guardia, pero
ineludible, siguió presente el asunto hasta el lunes, mi recorrido cotidiano y
la cama vacía por primera vez. “Bajó a la terapia”, era el informe gastadísimo
de los enfermeros.
Habría cien, quizá ciento cincuenta
pacientes en el jardín, todos vistiendo uniforme de hospital con tallas y
condiciones que les daban un aspecto absurdo, apropiado para la circunstancia
pensaríamos todos. Busqué a mi paciente con la vista un par de minutos hasta
encontrarlo sentado al pie de un árbol, sobre raíces largas y gruesas como
culebras selváticas que pretendieran hacérmelo extraño, inverosímil, acompañado
- me pareció, aunque entendía que el participio era de los más pretencioso -
por algunos otros enfermos. Me le fui acercando con ese aire pretendidamente
calmo que practica uno siempre cuando se mueve entre enfermos mentales.
Buenas, don Sabino.
La sonrisa amplísima, contrastante con el
bajón de los días previos, burlona sin duda de tan amplia, la pijama que
también a él se le ajustaba mal, calzando los zapatos con los que lo había
visto llegar al hospital, los pelos crespos alborotados y la chimuelera.
¡Qué pasa, mi estimado doctor!
¿Cómo te sientes, Fitzgerald?
Se llevó un dedo a los labios, usando la
yema se los talló un momento con la vista perdida, luego puso los ojos en mí:
¡A toda madre! Pásate para acá, médico,
para que conozcas al gabinete.
¿Al gabinete?
Al cuerpo de gobierno, a mis
colaboradores cercanos. Resulta - pá que te enteres -, que me hicieron rey y
precisamente estamos deliberando acerca de cómo vamos a gobernar este pedo,
este pinche alucine machín desgobernado, para que todos se alivianen de volada…
¡de vo - lan - tín! - pronunció sílaba por sílaba como en sus mejores tiempos
de Pop. Luego comenzó a presentarme a sus funcionarios.
Aquí frente a mi ojos, ¡el señor
secretario de hacienda!
Se trataba de un paciente al que todos
llamaban “pesotes”, un retrasado mental que vivía permanentemente en alguna de
las granjas y de manera eventual ingresaba al hospital con el pretexto de
cualquier problema médico que le hiciera requerir más atención, pero sobre todo
porque parecía considerarlo un paseo atractivo. No sabía hablar, era muy
bajito, siempre se le veía con la cabeza totalmente rapada, y sonriendo con los
labios muy gruesos que dejaban dientes chuecos y enormes, extendía la mano de
manera grosera, amanerada, pidiendo con ello una moneda: pesotes le decían a
falta de nombre. Seguía Sabino:
¿Y quién mejor que el maestrísimo pesotes
para la cartera de hacienda?, nomás pide y pide, con él no nos habrá de faltar
y pues qué más te digo, médico, igual de abusado que los que cuidan nuestros
dineros -. No se reía Fitzgerald pero era evidente que se festejaba sólo la
sátira que tejía, siempre y cuando no se riera nadie más, gozo sarcástico sin
más recurso que su tedio.
Y en efecto como si se tratara de su
corte lo rodeaban los demás, entre ellos una chica flaquita de mirada dulce,
paciente de algún otro piso, no del mío porque no estaba familiarizado con su
caso. Sentada cerca de Sabino se tomaba las rodillas con los brazos y me miraba
con fijeza, imposible que sonriera, lo sabía hasta un residente de primer año.
El rey me la presentó:
¡Ah!, y esta chavita y yo ya quedamos en
que va a ser la secretaria de salubridad. Resulta que vive espantada de
contaminarse, de subir de peso, de enfermarse y morirse, en fin, mi doc,
aterrorizada de todo lo que haga daño y lista para cuidar al pueblo mexicano de
cualquier problema de salud. Se llama Nancy.
El gesto cansado de Nancy evidenciaba, en
efecto, su lucha personal contra las obsesiones que la habrían hecho llegar al
manicomio, pero no parecía sólo ese juego el que la hacía estar cerca de
Sabino, para dejarme percibir cierto interés personal. A la niña parecía
atraerle él, de modo especial, tal vez por la dosis de aparente seguridad que
enseñaba su actitud, y sobre todo porque no parecía tratarse de un enfermo
psicótico, que empeñado en aparentarlo evidenciaba su sanidad por lo que a esos
males se refería. Rodeada de insanos, Nancy se agarraba de la arrogancia de mi
paciente.
Y aquí a mi izquierda - seguía el
escritor - nada menos que el procurador general de la república.
Señalaba a un muchacho de unos veinte
años de edad con aspecto francamente homosexual, cuya sonrisa al escucharse
aludido lo confirmaba. Argumentaba Fitzgerald:
¡Este pobre cabrón ha tenido que padecer
a las fuerzas del orden desde muy chavito!, ya sabes, por ser diferente de puto
no te bajan, así que si le damos el mando de las fuerzas policiacas, por lo
menos se puede desquitar de todo el pinche abuso, al cabo que a la delincuencia
nada le hace ningún rey.
Quise entonces redondear el juego
buscándole algún título oficial al propio Sabino, incapaz de darme cuenta de
que iba a molestarlo:
Y tú eres el rey criollo, quiero pensar.
Fue como si la situación hubiera dejado
de fluir, se atoró el número del escritor y éste pareció prescindir de repente
de su corte, para meterse en un tópico que le pareciera de verdad trascendente.
Se había puesto de pie, se estiró para mirarme directamente a los ojos,
haciendo claro con ello que me sacaba del juego:
¡No chingues, médico!, no chingues. ¿Cómo
el rey criollo?, pinche rollo más pinche choteado que según dicen los editores
y el público conocedor, no da ni para un volumen de cuentos. - Se le iba
endureciendo el gesto al rostro infantil y a la sonrisa que hasta ahí me habría
parecido omnipresente, molesto por cualquier actitud que le sonara a
complicidad, como si importunara a quien fuera el único con derecho a burla -.
¡Yo estuve con esos cabrones, con los pinches creolés!, muy franceses los hijos
de su puta madre, muy Louisiana, ya sabes, gringos pero franceses igual de
culeros que los que nomás son gringos. ¡Y por supuesto sabrás - si leíste el
cuento - que no hubo más que un rey criollo, el que cantaba, y ese ya se nos
murió! -. De nuevo se perdía quién sabe dónde y hasta cuándo. Por esa ocasión,
sin embargo, volvió pronto, casi de inmediato porque tenía que puntualizar:
Pero a huevo, doc, a huevo. ¿Cuál rey
criollo si puedo ser el rey mestizo?, a la mexican you know, pinche raza de
promiscuos aquí no quedan criollos porque todo mundo coge con todo mundo.
¡Mestizo, chingao! Mezcla de azteca con jipi para vivir jipiteca. Para que
quede así - volvía a su corte, a los que parecían haberlo estado esperando a
falta de cualquier otra cosa en la realidad de manicomio que les fuera
entretenida -, soy el rey jipiteca de San Agustín de las Cuevas - sentenció
para que nos resultara claro a todos.
???
Inexorable fin para Fitzgerald en un
sitio destinado a albergar personas con trastornos mentales, el caos de por
medio si el número de enfermos y la severidad de su condición crecían, las
instituciones tienen siempre burócratas médicos celosos guardianes de la
preservación de los límites esenciales. Uno de ellos, demonio casi axiomático
para ese 1981, se preocupaba por rastrear a quienes usaban sustancias como las
drogas y el alcohol, pero que no estaban sufriendo de problemas psicóticos, con
arreglo a una serie de requisitos, consensados e indispensables. Precisamente
la loquera sin locura que con insuperable acierto se había identificado el rey
mestizo. Los médicos en entrenamiento comparecíamos con alguna periodicidad
ante tales personajes para ser conminados a descargar los dormitorios, despejar
áreas y posibilitar el aterrizaje de nuevos alienados, tan económico como eso.
Mi paciente Fitzgerald podía hacer
sospechar de su ausencia de locura hasta a una de esas momias entrenadas que me
pedía cuentas para proteger santuarios como el que me ofrecía entrenamiento;
los chismes de los enfermeros redondeaban mi problema y hacían previsible el
regaño y su finalidad. Tuve todavía la feliz ocurrencia de abrir el asunto: se
trataba de un escritor, de un artista de las letras, en desgracia, cuestión de
cultura; tenderle la mano, cobijarlo, custodiarlo, acompañarlo, permitirle
recuperarse de la cruda de cocaína o lo que uno quisiera aducir, fueron todos
argumentos que en nada mellaban la institucionalidad del asunto. Paradoja
manicomial: se tenían que quedar los que no querían permanecer ahí, en tanto
los que de modo mentiroso se refugiaban un rato en la locura para no contender
con su pinchísima circunstancia se tenían que ir de alta. Instituciones de
asistencia, que les llaman.
La tarde esa el rey mestizo de Tlalpan
Sabino Fitzgerald Rodríguez leía un clásico, sin considerar todavía al
destinatario último del volumen: yo. Los pacientes de la sala habían aprendido
a hacer distancia, así que podía concentrarse en su lectura sin ser molestado.
Me fui dejando ver conforme me le acercaba, hasta que sin retirar los ojos del
texto me hizo saber que se daba por enterado:
¿Qué pasa, doctor?, ¿ya me curé y me van
a dar de alta?
No lo primero, si lo segundo.
¡Ah, órale!, pinches docs
controversiales, ¿pues que no viene uno aquí a su sanación? - otra vez se
conectaba en tanto se divertía. Decidí en ese momento que yo sí estaba para
socarronerías de paciente mental, y que semejante aprendizaje me sería esencial
en adelante. Cumplo desde entonces y hasta la fecha - considero - con semejante
consigna. Busqué frases que se parecieran a su peculiar lenguaje:
Entiéndame, su majestad mestizo. En
primer lugar, si el tanichi fuera de tu servidor, por mi quédate hasta que
termine mi sentencia
¿Qué asciende a…? -divertido seguía.
Dos años todavía. En segundo lugar te
curaste del sangrado y libraste la malilla. De lo demás apenas responde el
tiempo.
¡Ande usted! - se entusiasmaba de veras
-. El tiempo jijo de su puta madre, y ya ni le sigas porque la siguiente parte
de tu rollazazazaso seguramente me conminará a considerar lo bello de la vida,
lo importante de superarse, mi creatividad, los motivos para no andarse
metiendo madres como las que me meto, el amor de los míos y tantas pero tantas
pinches fresadas, para que pueda de esa manera convertirme en el escritor
chingón que siempre quise ser para este país de cultos.
Por primera vez patinaba Fitzgerald el
inaccesible, más allá de su habitual inconformidad guasona, y algo se iluminaba
en esa sección de mí - incipiente entonces, conste - destinada a articular
discursos psiquiátricos. Se me ponía de modo, pues.
Algo tiene uno que aprender de cada
espécimen -con perdón solicitado a quien de todos modos gustará de ser
catalogado así- que circula por aquí. Yo qué te digo de mí; a eso vine y tengo
todo el tiempo del mundo. A lo mejor hasta tengo alma de rata de manicomio. Dos
cuentos, mi pinche monarca mestizo -¿me contagiaba ya Sabino en el modo de
construir oraciones para sentenciar?-, dos: el de los novios que cortan por
teléfono y el del cabrón aquel que se queda atrapado en la dinámica del burdel
porque esa le va mejor que la de su vida. Con los dos me quedé clavado -chavo,
claro- un buen rato. ¿Cómo ves que todavía me acuerdo? Escritor ya eras, según
tu historia clínica, antes de que comenzaras a meterte lo que dices que te
metes. ¿Un camino a la inspiración? ¡Ni madre!, eso te lo habrán de comprar tus
amigos pachecos. Para mi que con lo que no pueden las personas como tú es con
su aptitud; escribir, vaya, yo no la tengo y por eso lo entiendo, lo veo. Como
tú quieras, maestro, como tú quieras. O te sigues con el pedo y con la coca,
vas a escribir pura madre, digo yo novato en esto, o te sientas a sacar de
quién sabe dónde lo que te falta por decir según tu talento. Con la malilla a
cuestas en una primera fase, infernal sin remedio, la pinche malilla jodida
como le dicen en Sonora, para que veas que mi jerga para maeses también tiene
sus detalles. No hay cruda, no escribes, así te lo pongo yo sin tener de dónde
sacarlo.
Me tomaba el pelo otra vez o estaba
considerando con alguna seriedad -la más improbable de las dos actitudes según
mi personal análisis- mis trazos torpes de una ruta a eso que estaba debajo de
todo lo que me había tocado presenciar esas semanas. Le cedía el uso de la
palabra sin que hiciera falta acordarlo:
¡Y es que no mames, no mames, no mames!
¡Cómo escribir, pinche médico, cómo sales con esa chingadera a estas alturas! Y
no es que te vaya a recetar el “de eso qué sabes tú”, previsible en cualquier
alimaña pseudoculturera de mi condición - tomaba un poco de aire, seguía -, y
me refiero a mi condición de escribir, no a la de drogarme y vivir de
¿psicótico le dicen ustedes?, a falta de un adonde más esconderme. ¿Sabes qué
se aprende escribiendo? ¡Qué a quién chingados le importa! ¿A los pinches
mamonsetes que conforman la subraza intelectual? ¿A los administradores de la
cultura?, ¿a los mecenas pendejísimos que te brindan el trago y la pinche
cenita culera en su fresísima casa del Pedregal y con eso creen que ya hicieron
arte? Mejor, me cai, ¿eh?, mejor me quedo de rey mestizo de manicomio, porque
hasta eso se me hace que los habitantes de aquí entienden más que todos esos
pendejos.
No me iba a quitar la mirada de encima si
ya habíamos llegado a donde no hubiéramos querido en su internamiento de
petate. Era cierto - eso sí - lo que de mí decían los compañeros del hospital:
cuatro semanas jugando al paciente mental terminaban cuando yo había conseguido
hacerlo enojar, como a tantos en un año apenas, aptitud todavía temprana pero
que ya me distinguía. Ya estaba en la ruta y seguí:
Ese sí es totalmente tu pedo. Lo tuyo fue
escribir, ¡pues qué chingados, Sabino Fitzgerald!, yo qué te voy a decir, a
escribir. Ah, y tus pinches porqués y para qués de una vez te digo que me los
paso por donde no hace falta que te aclare. No escribo, dices bien, no
entiendo, sabrás quién sabe de dónde, pero ni siquiera yo que te compro tu
personaje manicomial y me lo llevo puesto a mi casa todas las tardes desde que
llegaste, voy a pasar por alto que se escribe porque se escribe. “¡Para qué si
nadie que entienda lo va a leer!”, no mames tú, te quedaste pinche
preparatoriano - para no recurrir al insufrible lugar común de “adolescente” -
toda tu vida, y según tu servidor la función de “El Rey Criollo” en el Cine las
Américas ya se acabó. Lo demás, su pinche majestad, pertenece al muy respetable
y sin duda inexpugnable territorio de tus defensas, neuróticas siempre,
fallidas siempre, dirían mis teachers. ¡Ah!, y eso sí, de que a los demás les
vale madre la vida de los demás, ¡no, hombre, qué descubrimiento tan chingón! Y
eso que ya se te salió que tú cualquier cosa menos fresa.
No dije más, no dijo más por un rato muy
largo, ¿cinco, diez minutos?; tampoco me fui porque se había insertado en mí la
extraña necesidad de acompañarlo, tan intolerable como sabíamos ambos que el
Rey podía resultarle a tanta gente. Y no era caridad, nada más claro que eso;
simple solidaridad. Pesadumbre pudiera ser la palabra que describiera el ánimo
de ambos. Al fin, por última vez y como si lo hiciera con dedicatoria personal
para mí, utilizó la risita boba plena de ironía, para conectarse. Luego cerró su
libro y estiró el brazo para entregármelo.
Tómalo, mi médico, ora sí te lo ganaste,
me cai. Tú y el tal Herman se entienden, seguro. ¡Ah!, y sí, tu Harry Heller de
ocasión te acepta la oferta y me voy de alta a mi cuarto de gatas de Polanco.
Se quedan sin rey, a ver cómo le hacen, pinches súbditos locotes.
???
Febrero a las once de la mañana. No había
invierno, tampoco primavera, no hacía calor, tampoco frío. Los dos pusimos la
vista en la avenida que formaba parte de los dominios del rey, porque no
teníamos dónde más ponerla. Nada cargaba porque nada había traído consigo. Su
modo de mirar había vuelto a ser absolutamente retador, sin que con ello me
estuviera autorizando a asumir que iba a extrañar un psiquiátrico con todo y
sus personajes; yo entre ellos, esbozos de autocrítica de por medio. Ya se iba,
claro, pero resultaba muy tonto no saber que todavía me iba a decir algo. Se
lanzó:
Una pregunta para doctores como tú, para
loqueros, aunque todavía estés en gestación, dado que no hay más: ¿tú crees que
es lo mismo matarse que dejarse morir?
Conmemorando ahora treinta años de
aquella conversación, todavía no encuentro cómo contestar a algo así con
acierto. Amparado en mi condición de loquero en entrenamiento, dije entonces lo
primero que pensé:
No, yo creo que no. Por las razones que
quieras, no voy a alegar a estas alturas, dejarse morir me suena mucho más
natural, hasta si tú quieres más benévolo con uno, y sobre todo con los demás.
¿Se deja morir el que quiere ser
benevolente con los otros?
Según yo, sí, y como dices tú, no hay más
quien te conteste.
¡Puta madre!, con eso le chingas a uno
hasta el suicidio, y por eso mereces - ¡me cai! - seguir encerrado tus otros
dos años de manicure. Te voy a decir una última cosa; esa guárdatela para ti:
hace un rato, un ratotote, que tengo unas ganas loquísimas de morirme.
Le hubiera dado un abrazo si no hubiera
tenido tan atorados todavía los sagrados preceptos de la distancia en los que
tanto insistían en esos entonces mis alienistas mentores. Al final pensé que él
tampoco era de abrazos. La mano sí, firme, fuerte, y luego el giro aquel de
palma sobre palma, setentero, seguido del chasquido de los dedos. Giró en
dirección a ninguna parte y se perdió por Tlalpan para siempre.
???
Nunca fui bueno para las desveladas.
Menos ésas, las que conllevan nostalgias de las huecas, sin memorias ni objeto,
nostalgias nomás, pero Sabino y su sorna seguían ahí, adosados a mis afectos
como una nata. Había repasado cuatro o cinco veces el Tractat del lobo
estepario, siempre a ritmo de la para entonces casi quinceañera Born to be
wild, duelo anticipado por el primero de muchos - serían muchísimos pacientes
después - que no se habían dejado curar.
El siguiente año, 1982, el rey mestizo se
murió sólo en su “depa”, mísero cuarto de servicio en colonia “pop”; popis, no
popular. Todavía me gusta pensar que no habría podido ser de otra manera. Y
todavía, de vez en cuando porque hay muchos escritores importantes a los que
uno se debe en vista de que sí asumieron el oficio, leo el cuento del güey
aquel y su universo personal en un burdel acapulqueño, inviable antes de
entrar, e imposible - lo sabe el lector como lo supe yo - cuando se tiene que
ir de ahí. Así pensé siempre que leí el cuento sin salida, que por eso
constituye mi deuda irrenunciable con Sabino Fitzgerald.
FIN
Óscar Benassini (1954) es médico
especialista en psiquiatría egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM.
Seducido por un gran mentiroso, Emilio Salgari, le vendió su alma a las letras
desde niño, cara y de modo tramposo, eso sí, porque eligió parapetarse en la
comodidad que le ha brindado el ejercicio de su especialidad. Ha trabajado en
actividades asistenciales y directivas en instituciones públicas de salud y de
administración de justicia. Ha sido docente en las licenciaturas en medicina y
psicología, y en cursos de especialización en psiquiatría, así como autor y
editor de diversas publicaciones médicas. Ha cultivado el oficio de escribir, y
durante los últimos años el de editar. Gusta de escribir novelas, amparado en
la tranquilidad que ofrece pensar que nadie va a leerlas.
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