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lunes, 16 de marzo de 2026

SABINO FITZGERALD, EL REY MESTIZO Óscar Benassini

 

SABINO FITZGERALD, EL REY MESTIZO

 

Óscar Benassini

 

“Parménides, en cambio, se usó a sí mismo como combustible y se acicharró.”

Elena Poniatowska “¡Ay vida, no me mereces!”

 

Tlalpan, Ciudad de México, enero de 1981.

Primero los gritos luego los golpes, primero los golpes luego los gritos, dependiendo de si despertaba yo en unos o en los otros. De más lejos venía la voz en asalto a mi sopor, de algún sitio fuera del cuarto; habrá sido el sonido de los puñetazos sobre la puerta el que me despertaba al fin:

¡Médico de guardia, médico de guardia!, paciente en urgencias. - Las desveladas y lo complicado que puede ser entender a un empleado administrativo de manicomio, me habían acostumbrado a asociar los gritos con la identidad de quien trabajaba escandalizando cada vez que llegaba un enfermo a esas horas. ¿Mera expresión de miedo como el que a cualquiera provoca lo locura a pesar de los años ahí? “¡Pinche chamba la de ese cabrón, me cai!”, no podía dejar de pensar esa parte de mí que para entonces todavía no se había psiquiatrizado.

Salía yo despacito de quien sabe donde, de la lejanía en todos sentidos del sueño profundo, reconociendo el llamado al que me iba haciendo desde casi un año antes, porque para entonces ya era yo de ahí. Lo demás a esas alturas eran reflejos: buscar los pantalones, la camisa, el suéter, la bata y los zapatos, medio acicalarme en el espejo porque la temperatura del agua no daba para más, el elevador con su mecanismo avejentado que rechinaba por todas partes y el clavado de ocho pisos en pos de un loco cualquiera, en una de tantas noches de médico residente.

En el área de urgencias se iban medio activando los que tenían que despertar. El reloj me señalaba las tres treinta y cinco, evidentes por el frío carajo como pocos, del invierno sureño y defeño aquel. Catalina, con el cabello largo y lacio acomodado en las dos colitas a los lados de la cabeza, de blanco toda en sus juventudes, me esperaba ya por fuera del consultorio.

-¿Cómo viene -preguntaba yo, lo que me tocaba saber antes de entrar.

-Más o menos, tranquilo, parece -era el reporte inicial que le tocaba a la Caty. -Viene sangrando bastante -dato adicional e inusual para las guardias de manicomio.

-¿De donde?

-Mejor pásele.

Habrá sido de dos por tres metros el cubículo de muros, marcos de aluminio y puertas, improvisado con tabla roca y cubierto de formica que con poca fortuna simulaba madera. Estaba sentado en alto sobre la mesa de exploración, para entonces más que flaco, con los pies colgando y una toalla que le cubría completamente la cabeza y la cara. Usaba un traje oscuro que habría conocido muchos momentos mejores en otros tantos años, lustroso como se veía con la luz blanca de la lámpara de neón; una camisa blanca y zapatos negros gastadísimos le correspondían al traje. La sangre manchaba traje, camisa, calzado, las manos y la toalla que parecía mantenerlo aparte de lo que le estaba pasando. Ocupé el sillón tras el escritorio y lo observé un poco. Apenas se movía, sobre todo los pies en un balanceo rítmico, pacífico, las manos y la cabeza quietas. De repente se secó lo que le quedaba de sangre en la nariz y la boca, jaló la toalla hasta descubrirse y me miró con la que me pareció absoluta imparcialidad en su rostro manchado de rojo. Cabello rizado, alborotado, despeinado para enmarcar un solo gesto burlón con la boca abierta para mostrar el orificio que había dejado el incisivo superior izquierdo al perderse; las facciones no eran feas, aniñadas para su aspecto general: chato, cachetón de labios más bien gruesos, todo lo que exhibía dejaba ver completo descuido, más que evidente el olor a alcohol que saturaba el cuartito desde el primer momento.

-¿Qué pasó, doctor?, buenas noches.

Rítmicos, como ensayados sus parlamentos, sonaba gangoso, seguro la sangre pegosteada en la nariz, manando todavía un poquito, mientras parecía despertar de algo sin que hubiera estado dormido, haciéndome notar esa posibilidad de conectarse y desconectarse cada vez que su situación se lo hiciera pertinente; siempre dos mundos su personal dualidad dimensional, de pronto estaba, de pronto no, en una actitud que cualquier incauto hubiera considerado indiferencia y nada más.

-Buenas noches, ¿y se llama usted?

-Escuché la risa, risita que restiraba lo que le quedaba de cachetes, la primera de tantas veces.

-Ahorita no tengo nombre.

-¿Cómo?

-Porque en este tipo de pinches lugares es mejor no te llames de ninguna manera.

-¿Quién le pegó?, ¿con qué se golpeó? -le preguntaba con mi ademán y mis gestos ya para entonces muy de médico, que parecían dirigidos a resaltar su aspecto sanguinolento.

Otra vez se burlaban él y la risa un poco más larga que la primera vez, con los ojos puestos en sus zapatos, como si algo fascinante les hubiera hallado de repente. Levantó la cabeza despacio y con algo parecido a la paciencia me miró para hacerme ver:

-Ya se me hizo mierda la nariz por la madre esa que me meto, la coca. Cuando empieza a sangrar ya se chingó el asunto. Vengo del Gea -señalaba girando la cabeza hacia donde debiera hallarse el Hospital Gea González-, pero de ahí me batearon para acá. Por eso aquí no tiene uno nombre, menos si te batean -. Nuevo gesto que apuntaba sin usar los dedos o las manos hacia el expediente sobre el escritorio.

Hasta entonces me detuve en el nombre para leerlo tres o cuatro veces. El “me suena” de esos años no se parece al de estos, y en esos entonces suele preceder al recuerdo inmediato, chavo uno todavía: dos revistas, Pop y Piedra Rodante, las que los aborrecentes de entonces pretendíamos que no leíamos por nacas, pero que nadie se perdía. El nombre, para saber si el paciente, venía de ahí: del columnista non. Absurdos y todo la situación, el consultorio, la hora, el hospital y su aspecto, tuve que admitir que me daba un gusto tonto. No lo contuve:

-¡Tú eres el columnista!

-¿Cuál columnista? - no tenía caso la pregunta forzada, defensiva pero que por lo menos sonaba a falsa modestia enredada con anonimato en evidencia.

-Tú eres el columnista, claro, y además eres el de los cuentos, todavía me acuerdo.

-¿Y soy el de la novela? - con algo tenía que contrarrestar lo que yo supiera de “La Onda”.

Esa si no me tocó -. Así se tratara de un loquito de sanatorio, con los libros nunca he conseguido pretender.

Mientras oscilaba la cabeza hacia los lados desaprobando que nomás hubiera hablado y a fin de cuentas no supiera yo, comenzó a limpiarse los restos de sangre de la cara con algo más de cuidado. Salí a buscar a Catalina para pedirle agua, jabón y gasas. La enfermera le fue aseando el rostro, el cuello y las manos, y ni siquiera cuando estaba limpio dejó el sitio que ocupaba sentado, como si se supiera protegido ahí en tanto iba diciéndome, explicándome lo que yo tenía que hacer:

-No tengo donde dormir.

-¿Por qué?

-Porque ya se me acabaron los cuates, por lo menos los que me reciben en su casa. Ya se me acabó la droga, ya no tengo trago y el cuarto de azotea donde dizque vivo -¡perdón!, mi depa de Polanco, para la fresez de los columnistas de sociales y cultura - queda lejísimos de aquí -sonrisa muy pesada con el ademán apuntando a ninguna parte-. Además la malilla ya me la sé, con decirte que cuando estoy como ahorita, ¡grave grave!; me da por pensar que mejor me quedo unos días, ¡hasta en un pinche cuchitril de estos, maestro!

Casi las cuatro de la mañana, el aire helado del sur de la ciudad y yo alegando con quien quería pasar la noche en un manicomio, contaminado ya, como suele ocurrir, por la institucionalidad que te hace ir tratando de que eso no suceda si no procede de acuerdo con el esquema protocolario de un hospital institucional. Ante la posibilidad de regresar pronto a dormir no había mucho que pensar: lo internaba en la sala (¡semejante eufemismo me sonaba a clásico manicomial de repente!) por la que hacía mi rotación, que me lo anotaran en mi lista de pacientes, que estuviéramos seguros de que había dejado de sangrar del todo, y que se fuera en un par de días, una semana a lo más, así, por la vía rápida y sin exponerme con nadie. Eso pensé.

-Te quedas unos días - corroboraba mientras jalaba la máquina de escribir y el expediente con su nombre. Pero la cosa no iba a fluir sin un par de necedades más:

-Quiero entrar como si fuera paciente de primera vez; no quiero entrar con mi nombre y ese expediente.

-¿Y qué más da?

-Que no quiero; esta vez quiero ser otro cabrón, mutar, transformarme, transfigurarme si tu quieres, doctor, nacer pinche personaje nuevo, camaleonizarme para que me entiendas. Si quieres ponle que es uno de mis síntomas pero no me quiero quedar con mi nombre.

-Si entras con nombre nuevo van a tener que hacerte nuevo expediente y yo voy a tener que llenar toda la historia clínica. Si uso tu expediente viejo, hago una nota de ingreso y ya.

-Pero no me quiero quedar así; si es así, no me quedo.

-¿Y te vas al cuarto de azotea?

-Me voy a la chingada.

Alternativa universal para todo y para nada. Como justo tributo a las columnas de mi distante adolescencia y al libro de cuentos que sí había leído accedí: original, dos copias, el pliego amarillísimo listo para copiar los datos del expediente previo variando sólo el nombre. Con eso nadie se daba cuenta porque en esencia, más allá de las formas esas cosas no le importaban a nadie.

-¿Y cómo te vas a llamar?

Eso si que está cabrón - lo disfrutaba, quizá por tratarse de un nombre para un hospital de locos y nada más, o porque así su situación se le volvía ficción, una especie de anhelo de personajearse. Pensó sin mirarme un par de minutos, para después sonar festivo pero protocolario:

-Ya estuvo, tengo nombre, me llamo Sabino.

-¿Sabino?

-Sabino.

-¿Por?

-Por María Sabina, la de Oaxaca, ¡a huevo!, soy su tocayo. Así lo voy a vivir: entro como si me metiera a viajar, hasta si tu quieres como si hiciera un viaje a mi interior tratando de ver todo mi pedo, sujeto de narcoanálisis como predicaron Wasson y la tal María. Sabino.

-¿Y te apellidas?

-Uta, eso está más cabrón.

En silencio una vez más, meditando con mucho cuidado al fin soltó:

-Fitzgerald.

-¿Cómo?

-Fitzgerald. Me voy a apellidar así. Mi nombre completo es Sabino Fitzgerald, ¡poca madre!

-¿Por qué Fitzgerald?

-¡Cómo por qué Fitzgerald!, por Francis Scott, mi cuate el Fitz, el maestro de todos, ¿te suena Tender is the Night?, el gurú de los que escriben como yo y que se gastan su vida bebiendo alcohol; con otra, ¿eh?, que al maese Fitz se le volvió loca su esposa, quien para más datos se murió cuando se quemó el manicomio donde la tenían guardada. ¡Aventura parecida esta de casa de orates! ¿Y en el colmo del pinche alucine no se irá a quemar también esta madre? - desplazaba la mirada juguetona a ambos lados con expresión de franca duda supersticiosa -. Listo, ya está, además no mames, aquí hay puros locos, qué más da uno que se llame Sabino Fitzgerald.

Cerca de las cinco de la mañana, mudo reconocimiento a mi invulnerable entrenamiento para asimilar lineamientos de institución, ingresó al hospital un paciente de primera vez, expediente nuevo, de nombre Sabino Fitzgerald Rodríguez, quien de acuerdo con el documento cursaba con intoxicación por cocaína, epistáxis consecutiva al uso de la sustancia, y probable episodio psicótico agudo. Para cuando terminaba de teclear el último de mis taxonómicos lugares comunes, como si fuera el código de acceso al internamiento, Fitzgerald inquieto, ya recorría el consultorio con absoluta confianza. Se le escuchó molesto cuando leía sus diagnósticos por encima de mi hombro, alcoholizándome casi nada más con el tufo:

-¿Y eso de episodio psicótico? ¿Agudo qué es? ¿Así cómo picudo?, “udo”, ya sabes.

-Protocolo. Si no pongo eso o cualquier otra cosa que diga que puedes estar loco, nomás no entras.

Sabino Fitzgerald pronunció entonces una frase que en esos años todavía no comprendían la mayor parte de los médicos del hospital, y que hubiera hecho sentido a cualquier estudioso de la psicopatología, taxonomía de tres pesos pero imprescindible:

-Lo mío no es locura, doctor, es loquera.

???

 

Densos los días que siguieron. La sala debe haber estado como siempre, porque así son las cosas en los ámbitos esos que uno hace suyos por quién sabe qué secretas motivaciones: nada cambia, deambulares, amaneramientos, comportamientos absurdos muy parecidos unos a otros, a los que para mi tiempo en el hospital me había habituado ya. Sin embargo llegaba tenso por la posibilidad de tener un paciente sobresaliente - “interesante”, escritor, podrían haber sido los distintivos de un seminario de casos -, y así me mantenía cuando iba pasando mi visita. ¿Reportes de don Sabino?: recostado todo el día, generalmente en la misma posición, no bajaba al comedor, no hablaba y los demás pacientes lo dejaban después de tratar de perturbarlo un poco. A veces se cubría la cabeza con la almohada durante horas. Imposible saber si por la noche dormía, en vista de que no daba guerra. Yo le daba un par de vueltas todos los días para escuchar sus “bien”, “tranquilo”, “dormido”, indiferentes todos mientras volteaba hacia al lado contrario del que empleara yo para abordarlo, aprendiendo que la coca da para arriba y su lineal malilla peculiar es para abajo, a veces mucho como le pasaba a Fitzgerald. Yo podía asegurar que él mismo decidía su disonancia, disarmónico en aquel dormitorio de pacientes mentales para que quedara establecida su diferencia con ellos, su necesidad jodida de dormir ahí el desamparo de unas semanas, única y exclusivamente bajo la premisa de la no pertenencia. -¿De donde chingados eres entonces, escritor? -me sorprendía rumiando para mí con mis expedientes a cuestas.

El fin de semana no hacía guardia, pero ineludible, siguió presente el asunto hasta el lunes, mi recorrido cotidiano y la cama vacía por primera vez. “Bajó a la terapia”, era el informe gastadísimo de los enfermeros.

Habría cien, quizá ciento cincuenta pacientes en el jardín, todos vistiendo uniforme de hospital con tallas y condiciones que les daban un aspecto absurdo, apropiado para la circunstancia pensaríamos todos. Busqué a mi paciente con la vista un par de minutos hasta encontrarlo sentado al pie de un árbol, sobre raíces largas y gruesas como culebras selváticas que pretendieran hacérmelo extraño, inverosímil, acompañado - me pareció, aunque entendía que el participio era de los más pretencioso - por algunos otros enfermos. Me le fui acercando con ese aire pretendidamente calmo que practica uno siempre cuando se mueve entre enfermos mentales.

Buenas, don Sabino.

La sonrisa amplísima, contrastante con el bajón de los días previos, burlona sin duda de tan amplia, la pijama que también a él se le ajustaba mal, calzando los zapatos con los que lo había visto llegar al hospital, los pelos crespos alborotados y la chimuelera.

¡Qué pasa, mi estimado doctor!

¿Cómo te sientes, Fitzgerald?

Se llevó un dedo a los labios, usando la yema se los talló un momento con la vista perdida, luego puso los ojos en mí:

¡A toda madre! Pásate para acá, médico, para que conozcas al gabinete.

¿Al gabinete?

Al cuerpo de gobierno, a mis colaboradores cercanos. Resulta - pá que te enteres -, que me hicieron rey y precisamente estamos deliberando acerca de cómo vamos a gobernar este pedo, este pinche alucine machín desgobernado, para que todos se alivianen de volada… ¡de vo - lan - tín! - pronunció sílaba por sílaba como en sus mejores tiempos de Pop. Luego comenzó a presentarme a sus funcionarios.

Aquí frente a mi ojos, ¡el señor secretario de hacienda!

Se trataba de un paciente al que todos llamaban “pesotes”, un retrasado mental que vivía permanentemente en alguna de las granjas y de manera eventual ingresaba al hospital con el pretexto de cualquier problema médico que le hiciera requerir más atención, pero sobre todo porque parecía considerarlo un paseo atractivo. No sabía hablar, era muy bajito, siempre se le veía con la cabeza totalmente rapada, y sonriendo con los labios muy gruesos que dejaban dientes chuecos y enormes, extendía la mano de manera grosera, amanerada, pidiendo con ello una moneda: pesotes le decían a falta de nombre. Seguía Sabino:

¿Y quién mejor que el maestrísimo pesotes para la cartera de hacienda?, nomás pide y pide, con él no nos habrá de faltar y pues qué más te digo, médico, igual de abusado que los que cuidan nuestros dineros -. No se reía Fitzgerald pero era evidente que se festejaba sólo la sátira que tejía, siempre y cuando no se riera nadie más, gozo sarcástico sin más recurso que su tedio.

Y en efecto como si se tratara de su corte lo rodeaban los demás, entre ellos una chica flaquita de mirada dulce, paciente de algún otro piso, no del mío porque no estaba familiarizado con su caso. Sentada cerca de Sabino se tomaba las rodillas con los brazos y me miraba con fijeza, imposible que sonriera, lo sabía hasta un residente de primer año. El rey me la presentó:

¡Ah!, y esta chavita y yo ya quedamos en que va a ser la secretaria de salubridad. Resulta que vive espantada de contaminarse, de subir de peso, de enfermarse y morirse, en fin, mi doc, aterrorizada de todo lo que haga daño y lista para cuidar al pueblo mexicano de cualquier problema de salud. Se llama Nancy.

El gesto cansado de Nancy evidenciaba, en efecto, su lucha personal contra las obsesiones que la habrían hecho llegar al manicomio, pero no parecía sólo ese juego el que la hacía estar cerca de Sabino, para dejarme percibir cierto interés personal. A la niña parecía atraerle él, de modo especial, tal vez por la dosis de aparente seguridad que enseñaba su actitud, y sobre todo porque no parecía tratarse de un enfermo psicótico, que empeñado en aparentarlo evidenciaba su sanidad por lo que a esos males se refería. Rodeada de insanos, Nancy se agarraba de la arrogancia de mi paciente.

Y aquí a mi izquierda - seguía el escritor - nada menos que el procurador general de la república.

Señalaba a un muchacho de unos veinte años de edad con aspecto francamente homosexual, cuya sonrisa al escucharse aludido lo confirmaba. Argumentaba Fitzgerald:

¡Este pobre cabrón ha tenido que padecer a las fuerzas del orden desde muy chavito!, ya sabes, por ser diferente de puto no te bajan, así que si le damos el mando de las fuerzas policiacas, por lo menos se puede desquitar de todo el pinche abuso, al cabo que a la delincuencia nada le hace ningún rey.

Quise entonces redondear el juego buscándole algún título oficial al propio Sabino, incapaz de darme cuenta de que iba a molestarlo:

Y tú eres el rey criollo, quiero pensar.

Fue como si la situación hubiera dejado de fluir, se atoró el número del escritor y éste pareció prescindir de repente de su corte, para meterse en un tópico que le pareciera de verdad trascendente. Se había puesto de pie, se estiró para mirarme directamente a los ojos, haciendo claro con ello que me sacaba del juego:

¡No chingues, médico!, no chingues. ¿Cómo el rey criollo?, pinche rollo más pinche choteado que según dicen los editores y el público conocedor, no da ni para un volumen de cuentos. - Se le iba endureciendo el gesto al rostro infantil y a la sonrisa que hasta ahí me habría parecido omnipresente, molesto por cualquier actitud que le sonara a complicidad, como si importunara a quien fuera el único con derecho a burla -. ¡Yo estuve con esos cabrones, con los pinches creolés!, muy franceses los hijos de su puta madre, muy Louisiana, ya sabes, gringos pero franceses igual de culeros que los que nomás son gringos. ¡Y por supuesto sabrás - si leíste el cuento - que no hubo más que un rey criollo, el que cantaba, y ese ya se nos murió! -. De nuevo se perdía quién sabe dónde y hasta cuándo. Por esa ocasión, sin embargo, volvió pronto, casi de inmediato porque tenía que puntualizar:

Pero a huevo, doc, a huevo. ¿Cuál rey criollo si puedo ser el rey mestizo?, a la mexican you know, pinche raza de promiscuos aquí no quedan criollos porque todo mundo coge con todo mundo. ¡Mestizo, chingao! Mezcla de azteca con jipi para vivir jipiteca. Para que quede así - volvía a su corte, a los que parecían haberlo estado esperando a falta de cualquier otra cosa en la realidad de manicomio que les fuera entretenida -, soy el rey jipiteca de San Agustín de las Cuevas - sentenció para que nos resultara claro a todos.

???

 

Inexorable fin para Fitzgerald en un sitio destinado a albergar personas con trastornos mentales, el caos de por medio si el número de enfermos y la severidad de su condición crecían, las instituciones tienen siempre burócratas médicos celosos guardianes de la preservación de los límites esenciales. Uno de ellos, demonio casi axiomático para ese 1981, se preocupaba por rastrear a quienes usaban sustancias como las drogas y el alcohol, pero que no estaban sufriendo de problemas psicóticos, con arreglo a una serie de requisitos, consensados e indispensables. Precisamente la loquera sin locura que con insuperable acierto se había identificado el rey mestizo. Los médicos en entrenamiento comparecíamos con alguna periodicidad ante tales personajes para ser conminados a descargar los dormitorios, despejar áreas y posibilitar el aterrizaje de nuevos alienados, tan económico como eso.

Mi paciente Fitzgerald podía hacer sospechar de su ausencia de locura hasta a una de esas momias entrenadas que me pedía cuentas para proteger santuarios como el que me ofrecía entrenamiento; los chismes de los enfermeros redondeaban mi problema y hacían previsible el regaño y su finalidad. Tuve todavía la feliz ocurrencia de abrir el asunto: se trataba de un escritor, de un artista de las letras, en desgracia, cuestión de cultura; tenderle la mano, cobijarlo, custodiarlo, acompañarlo, permitirle recuperarse de la cruda de cocaína o lo que uno quisiera aducir, fueron todos argumentos que en nada mellaban la institucionalidad del asunto. Paradoja manicomial: se tenían que quedar los que no querían permanecer ahí, en tanto los que de modo mentiroso se refugiaban un rato en la locura para no contender con su pinchísima circunstancia se tenían que ir de alta. Instituciones de asistencia, que les llaman.

La tarde esa el rey mestizo de Tlalpan Sabino Fitzgerald Rodríguez leía un clásico, sin considerar todavía al destinatario último del volumen: yo. Los pacientes de la sala habían aprendido a hacer distancia, así que podía concentrarse en su lectura sin ser molestado. Me fui dejando ver conforme me le acercaba, hasta que sin retirar los ojos del texto me hizo saber que se daba por enterado:

¿Qué pasa, doctor?, ¿ya me curé y me van a dar de alta?

No lo primero, si lo segundo.

¡Ah, órale!, pinches docs controversiales, ¿pues que no viene uno aquí a su sanación? - otra vez se conectaba en tanto se divertía. Decidí en ese momento que yo sí estaba para socarronerías de paciente mental, y que semejante aprendizaje me sería esencial en adelante. Cumplo desde entonces y hasta la fecha - considero - con semejante consigna. Busqué frases que se parecieran a su peculiar lenguaje:

Entiéndame, su majestad mestizo. En primer lugar, si el tanichi fuera de tu servidor, por mi quédate hasta que termine mi sentencia

¿Qué asciende a…? -divertido seguía.

Dos años todavía. En segundo lugar te curaste del sangrado y libraste la malilla. De lo demás apenas responde el tiempo.

¡Ande usted! - se entusiasmaba de veras -. El tiempo jijo de su puta madre, y ya ni le sigas porque la siguiente parte de tu rollazazazaso seguramente me conminará a considerar lo bello de la vida, lo importante de superarse, mi creatividad, los motivos para no andarse metiendo madres como las que me meto, el amor de los míos y tantas pero tantas pinches fresadas, para que pueda de esa manera convertirme en el escritor chingón que siempre quise ser para este país de cultos.

Por primera vez patinaba Fitzgerald el inaccesible, más allá de su habitual inconformidad guasona, y algo se iluminaba en esa sección de mí - incipiente entonces, conste - destinada a articular discursos psiquiátricos. Se me ponía de modo, pues.

Algo tiene uno que aprender de cada espécimen -con perdón solicitado a quien de todos modos gustará de ser catalogado así- que circula por aquí. Yo qué te digo de mí; a eso vine y tengo todo el tiempo del mundo. A lo mejor hasta tengo alma de rata de manicomio. Dos cuentos, mi pinche monarca mestizo -¿me contagiaba ya Sabino en el modo de construir oraciones para sentenciar?-, dos: el de los novios que cortan por teléfono y el del cabrón aquel que se queda atrapado en la dinámica del burdel porque esa le va mejor que la de su vida. Con los dos me quedé clavado -chavo, claro- un buen rato. ¿Cómo ves que todavía me acuerdo? Escritor ya eras, según tu historia clínica, antes de que comenzaras a meterte lo que dices que te metes. ¿Un camino a la inspiración? ¡Ni madre!, eso te lo habrán de comprar tus amigos pachecos. Para mi que con lo que no pueden las personas como tú es con su aptitud; escribir, vaya, yo no la tengo y por eso lo entiendo, lo veo. Como tú quieras, maestro, como tú quieras. O te sigues con el pedo y con la coca, vas a escribir pura madre, digo yo novato en esto, o te sientas a sacar de quién sabe dónde lo que te falta por decir según tu talento. Con la malilla a cuestas en una primera fase, infernal sin remedio, la pinche malilla jodida como le dicen en Sonora, para que veas que mi jerga para maeses también tiene sus detalles. No hay cruda, no escribes, así te lo pongo yo sin tener de dónde sacarlo.

Me tomaba el pelo otra vez o estaba considerando con alguna seriedad -la más improbable de las dos actitudes según mi personal análisis- mis trazos torpes de una ruta a eso que estaba debajo de todo lo que me había tocado presenciar esas semanas. Le cedía el uso de la palabra sin que hiciera falta acordarlo:

¡Y es que no mames, no mames, no mames! ¡Cómo escribir, pinche médico, cómo sales con esa chingadera a estas alturas! Y no es que te vaya a recetar el “de eso qué sabes tú”, previsible en cualquier alimaña pseudoculturera de mi condición - tomaba un poco de aire, seguía -, y me refiero a mi condición de escribir, no a la de drogarme y vivir de ¿psicótico le dicen ustedes?, a falta de un adonde más esconderme. ¿Sabes qué se aprende escribiendo? ¡Qué a quién chingados le importa! ¿A los pinches mamonsetes que conforman la subraza intelectual? ¿A los administradores de la cultura?, ¿a los mecenas pendejísimos que te brindan el trago y la pinche cenita culera en su fresísima casa del Pedregal y con eso creen que ya hicieron arte? Mejor, me cai, ¿eh?, mejor me quedo de rey mestizo de manicomio, porque hasta eso se me hace que los habitantes de aquí entienden más que todos esos pendejos.

No me iba a quitar la mirada de encima si ya habíamos llegado a donde no hubiéramos querido en su internamiento de petate. Era cierto - eso sí - lo que de mí decían los compañeros del hospital: cuatro semanas jugando al paciente mental terminaban cuando yo había conseguido hacerlo enojar, como a tantos en un año apenas, aptitud todavía temprana pero que ya me distinguía. Ya estaba en la ruta y seguí:

Ese sí es totalmente tu pedo. Lo tuyo fue escribir, ¡pues qué chingados, Sabino Fitzgerald!, yo qué te voy a decir, a escribir. Ah, y tus pinches porqués y para qués de una vez te digo que me los paso por donde no hace falta que te aclare. No escribo, dices bien, no entiendo, sabrás quién sabe de dónde, pero ni siquiera yo que te compro tu personaje manicomial y me lo llevo puesto a mi casa todas las tardes desde que llegaste, voy a pasar por alto que se escribe porque se escribe. “¡Para qué si nadie que entienda lo va a leer!”, no mames tú, te quedaste pinche preparatoriano - para no recurrir al insufrible lugar común de “adolescente” - toda tu vida, y según tu servidor la función de “El Rey Criollo” en el Cine las Américas ya se acabó. Lo demás, su pinche majestad, pertenece al muy respetable y sin duda inexpugnable territorio de tus defensas, neuróticas siempre, fallidas siempre, dirían mis teachers. ¡Ah!, y eso sí, de que a los demás les vale madre la vida de los demás, ¡no, hombre, qué descubrimiento tan chingón! Y eso que ya se te salió que tú cualquier cosa menos fresa.

No dije más, no dijo más por un rato muy largo, ¿cinco, diez minutos?; tampoco me fui porque se había insertado en mí la extraña necesidad de acompañarlo, tan intolerable como sabíamos ambos que el Rey podía resultarle a tanta gente. Y no era caridad, nada más claro que eso; simple solidaridad. Pesadumbre pudiera ser la palabra que describiera el ánimo de ambos. Al fin, por última vez y como si lo hiciera con dedicatoria personal para mí, utilizó la risita boba plena de ironía, para conectarse. Luego cerró su libro y estiró el brazo para entregármelo.

Tómalo, mi médico, ora sí te lo ganaste, me cai. Tú y el tal Herman se entienden, seguro. ¡Ah!, y sí, tu Harry Heller de ocasión te acepta la oferta y me voy de alta a mi cuarto de gatas de Polanco. Se quedan sin rey, a ver cómo le hacen, pinches súbditos locotes.

???

 

Febrero a las once de la mañana. No había invierno, tampoco primavera, no hacía calor, tampoco frío. Los dos pusimos la vista en la avenida que formaba parte de los dominios del rey, porque no teníamos dónde más ponerla. Nada cargaba porque nada había traído consigo. Su modo de mirar había vuelto a ser absolutamente retador, sin que con ello me estuviera autorizando a asumir que iba a extrañar un psiquiátrico con todo y sus personajes; yo entre ellos, esbozos de autocrítica de por medio. Ya se iba, claro, pero resultaba muy tonto no saber que todavía me iba a decir algo. Se lanzó:

Una pregunta para doctores como tú, para loqueros, aunque todavía estés en gestación, dado que no hay más: ¿tú crees que es lo mismo matarse que dejarse morir?

Conmemorando ahora treinta años de aquella conversación, todavía no encuentro cómo contestar a algo así con acierto. Amparado en mi condición de loquero en entrenamiento, dije entonces lo primero que pensé:

No, yo creo que no. Por las razones que quieras, no voy a alegar a estas alturas, dejarse morir me suena mucho más natural, hasta si tú quieres más benévolo con uno, y sobre todo con los demás.

¿Se deja morir el que quiere ser benevolente con los otros?

Según yo, sí, y como dices tú, no hay más quien te conteste.

¡Puta madre!, con eso le chingas a uno hasta el suicidio, y por eso mereces - ¡me cai! - seguir encerrado tus otros dos años de manicure. Te voy a decir una última cosa; esa guárdatela para ti: hace un rato, un ratotote, que tengo unas ganas loquísimas de morirme.

Le hubiera dado un abrazo si no hubiera tenido tan atorados todavía los sagrados preceptos de la distancia en los que tanto insistían en esos entonces mis alienistas mentores. Al final pensé que él tampoco era de abrazos. La mano sí, firme, fuerte, y luego el giro aquel de palma sobre palma, setentero, seguido del chasquido de los dedos. Giró en dirección a ninguna parte y se perdió por Tlalpan para siempre.

???

 

Nunca fui bueno para las desveladas. Menos ésas, las que conllevan nostalgias de las huecas, sin memorias ni objeto, nostalgias nomás, pero Sabino y su sorna seguían ahí, adosados a mis afectos como una nata. Había repasado cuatro o cinco veces el Tractat del lobo estepario, siempre a ritmo de la para entonces casi quinceañera Born to be wild, duelo anticipado por el primero de muchos - serían muchísimos pacientes después - que no se habían dejado curar.

El siguiente año, 1982, el rey mestizo se murió sólo en su “depa”, mísero cuarto de servicio en colonia “pop”; popis, no popular. Todavía me gusta pensar que no habría podido ser de otra manera. Y todavía, de vez en cuando porque hay muchos escritores importantes a los que uno se debe en vista de que sí asumieron el oficio, leo el cuento del güey aquel y su universo personal en un burdel acapulqueño, inviable antes de entrar, e imposible - lo sabe el lector como lo supe yo - cuando se tiene que ir de ahí. Así pensé siempre que leí el cuento sin salida, que por eso constituye mi deuda irrenunciable con Sabino Fitzgerald.

 

FIN

 

Óscar Benassini (1954) es médico especialista en psiquiatría egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM. Seducido por un gran mentiroso, Emilio Salgari, le vendió su alma a las letras desde niño, cara y de modo tramposo, eso sí, porque eligió parapetarse en la comodidad que le ha brindado el ejercicio de su especialidad. Ha trabajado en actividades asistenciales y directivas en instituciones públicas de salud y de administración de justicia. Ha sido docente en las licenciaturas en medicina y psicología, y en cursos de especialización en psiquiatría, así como autor y editor de diversas publicaciones médicas. Ha cultivado el oficio de escribir, y durante los últimos años el de editar. Gusta de escribir novelas, amparado en la tranquilidad que ofrece pensar que nadie va a leerlas.

 

 

Diccionario Calo - Español

 



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Nueva Concordancia Temática de la Biblia

 



Censura

 


«Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos».

Ray Bradbury, «Crónicas marcianas».

El extraño

 


[Cuento - Texto completo.]

H. P. Lovecraft

Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en vastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.

No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.

FIN


“The Outsider”,
Weird Tales, 1926

Entrevista a Luis López Nieves por la escritora Andrea V. Luna Trobairitz Magazine, Argentina

 

Entrevista a Luis López Nieves

por la escritora

Andrea V. Luna

 
Trobairitz Magazine
Revista de difusión cultural y literaria
Buenos Aires, Argentina

Pulsar aquí o sobre la imagen para leer la entrevista

Estimado habitante de Ciudad Seva:

 

Comparto la entrevista que me realizó hace pocas semanas la escritora Andrea V. Luna, directora de la revista Trobairitz Magazine, de Buenos Aires, Argentina. Ha sido un gusto descubrir este fascinante proyecto literario-cultural de "una nueva generación de trovadoras" que, además de Andrea, cuenta con la participación de las escritoras Alejandra Jonte, Francy de los Ríos y Mercedes Chimirri. Muchas gracias a Andrea por sus atenciones. Le deseo mucho éxito con este proyecto tan hermoso como necesario.

 

Pulsa sobre la imagen para leer la entrevista.

 

Luis López Nieves

Fundador de Ciudad Seva

 

martes, 11 de noviembre de 2025

Vera una historia de amor .- Juan del Val { Premio Planeta 2025}

 


 


Cuando el deseo también es el peligro

Vera ha seguido siempre las reglas: ha vivido durante más de veinte años con la elegancia, la discreción y la dignidad exigidas a la esposa de un marqués. Pero ahora, a los cuarenta y cinco, recién separada y sin nadie que le dicte qué hacer, empieza a plantearse preguntas que nunca se había permitido.

En medio de esta búsqueda aparece Antonio. Es más joven, de origen modesto y ajeno a su mundo. No es solo la atracción lo que los une, sino algo más profundo: la posibilidad de salirse del guion. Ese vínculo, tan improbable como provocador, será el detonante de unos hechos que nadie anticipa.

El exmarido de Vera no acepta que esta se haya rebelado, y lo que comienza como despecho se va convirtiendo en algo mucho más siniestro. Hay cosas que el marqués no soporta perder. Y algunas pérdidas, cuando se acumulan, pueden llevarte al límite.


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Cuando el viento hable .- Angela Banzas {Finalista Premio Planeta 2025}

 


 


Un país en silencioUn misterio que aún respiraUn drama familiar de posguerra.

Sofía nace en el otoño de 1939, tras una tragedia familiar, y crece rodeada de secretos en la Galicia rural de la posguerra. Sus abuelos paternos la crían bajo una estricta vigilancia, mientras su padre, un bibliotecario que vive oculto en las sombras, le alimenta la imaginación con historias fantásticas.

Ella no entiende de qué la esconde su familia ni quién es esa niña que se le aparece como una alucinación. Tras ser ingresada en el Hospital Real de Santiago, encuentra refugio en Julia, su primera gran amiga. Allí, los pasillos clandestinos y los rastros de un pasado enterrado emergen para desvelar nuevos misterios. ¿Qué pretende ese joven de ojos verdes que ha irrumpido en su vida y parece tener tantas respuestas?

Esta novela explora el poder de la imaginación frente al horror, y el amor como última esperanza. Porque, incluso en los momentos más sombríos, una gran historia puede salvarnos la vida.


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